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Bienvenido(a) a Alcance Libre 01/10/2022, 00:47

Recordando a mi padre.

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La mañana del miércoles 23 de Julio de 2003, iniciaba el día como cualquier otro de los últimos meses. Mi despertador sonó a la seis de la mañana. Me bañé y vestí, luego bajé a la cocina a prepararme algo para desayunar. Saludé a mi madre, quien se ponía en camino al hospital donde mi padre, debido a complicaciones de salud diversas, había estado convaleciente desde hacía varios meses. Esa mañana tenía presente en mi mente que mi padre probablemente moriría en el transcurso de los siguientes días.

Tal vez él no fue el mejor padre del mundo y se que tampoco fui el mejor hijo, pero vinieron a mi mente recuerdos de los tiempos en que colaboré con el en su trabajo, como su asistente durante los cursos que solía impartir en laboratorios farmaceúticos diversos. Hacíamos buen equipo, porque los dos conocíamos bien lo que hacíamos y el material que el solía presentar lo elaborábamos juntos, no como padre e hijo, sino como colaboradores. Los trabajos de edición de vídeo que hicimos juntos resultaban fantásticamente buenos, considerando que solo teníamos dos grabadoras de vídeo en formato BETA y una vieja consola Marantz para mezcla y grabación de cintas de casete y que nuestra relación como padre e hijo siempre se caracterizó por frecuentes roces.

Pese a nuestra difícil relación, de alguna forma siempre encontrábamos la formula perfecta para lograr que el trabajo que hacíamos mostrara las escenas más significativas al tiempo preciso que un tema musical llegaba a su punto climático. Mientras él se concentraba en la dirección del contenido técnico, mi trabajo era darle un toque artístico y poner todas sus ideas juntas para lograr un resultado perfecto que impactara a los asistentes y sirviera para reforzar la asimilación del conocimiento.

Tras terminar mi desayuno, mientras pasaba cerca de su habitación, la cual estaba frente a la mía, me sentí tentado a entrar a ésta. Un área de 16 metros cuadrados, cuyo espacio era ocupado por una cama rodeada de docenas de cajas con papeles, repisas atestadas de libros y cintas de vídeo. La ventana de cristal era muy difícil de alcanzar para abrir o cerrar debido a las pilas de revistas y equipo fotográfico que obstruían el paso. El aire estaba impregnado de una mezcla de las diversas lociones que solía usar mi padre y el característico olor que se percibe solo en una biblioteca.

Sentí mucha curiosidad y dejé que mi impulso me llevara hasta uno de los libreros y de ahí a abrir un cajón que contenía con algunas de sus pertenencias. Gran parte del cajón contenía recuerdos diversos, todos con una relación a hechos muy particulares en la historia de nuestra familia.

Una pequeña y modesta caja de cartón color verde olivo, que tal vez fue utilizada alguna vez para almacenar alguna pieza de joyería, llamó mi atención por estar cuidadosamente acomodada entre los diversos objetos del cajón. Tras soplar un poco para retirar algo del polvo que le cubría, levanté la tapa para observar el contenido. Dentro estaba guardado un mechón de cabello, castaño y fino, caprichosamente enlazado con un delgado listón de tela color blanco. Lo miré detenidamente. Los seres humanos solemos tener la tendencia a coleccionar objetos que a lo largo de nuestra existencia llegan a representar algo importante y mi padre era el mejor ejemplo para ello. Por la fecha escrita en el interior de la tapa, fue fácil deducir que ese mechón de cabello era mío. Siendo yo bebe, mi padre lo guardó cuando me hicieron el primer corte de cabello.

Recordé entonces muchos de los buenos momentos con mi padre. Los viajes que, cuando tenía 4 años, hacíamos juntos a Querétaro algunos fines de semana, la primera vez que me dió una máquina de afeitar, la cámara fotográfica que me dio cuando cumplí 10 años tras meses de insistir e insidiosamente, mi primer juego de química, mi primer juego de biología, las noches que nos dejaba a mi y mis hermanos dormir todos juntos con el para escuchar un cuento del castillo de Morjob (una fantasía que el había inventado para nosotros) y la vez que me enseñó a andar en la bicicleta que el mismo uso de niño.

Sin embargo, siempre tuvimos una relación complicada. El fue educado al modo antiguo, cuando se usaba mucho el cinturón, u otros objetos, para reprender a los hijos. Esto indudablemente influenció en que no fuera un hombre que se limitara a dar un simple regaño para reprender sus hijos. Solía ser algo violento y dar sermones muy duros. Recuerdo que más de una vez quedé en shock tras una reprimenda por olvidar hacer mi habitación o reprobar un examen de la escuela. Sin embargo, nunca falló en proporcionarnos techo, alimento, vestido y educación. Siempre fue un hombre responsable y trabajador.

A pesar de lo anterior, ningún recuerdo desagradable vino a mi mente esa mañana. Estuve pensando mucho acerca de eventos recientes más agradables. Algunas semanas atrás tuve la fortuna de aparecer en una revista. Visitándolo en el hospital, mi tíos le mostraron a mi padre un ejemplar de la revista donde había yo había aparecido. Mi padre les dijo a sus hermano cuan orgulloso y contento estaba por mi. Les dijo con insistencia que él siempre supo que, pese a las adversidades, yo lograría hacer algo en la vida más allá de lo que el promedio de las personas haría y mi aparición en esa revista significaba mucho para él. Me hubiera gustado que hubiese visto también la entrevista me hicieron en una cadena de noticias y algunas estaciones de radio, algunos meses después.

Se que mi padre, a pesar de que en ocasiones y a la vista de los demás, diese una impresión contraria, siempre se sintió orgulloso de mi y de casa suceso positivo a lo largo de mi vida. Aunque nunca lo dijo abiertamente, aplaudió, a su particular e inexpresiva manera, todo lo que hice como médico veterinario y, posteriormente, lo que hice en, posteriormente, en la comunidad de GNU/Linux.

Tras una prolongada convalecencia en el hospital, mi padre fallecía, alrededor de las 8:00 AM, esa mañana del miércoles 23 de Julio de 2003. Mi hermana y madre estuvieron con él en los momentos finales. De acuerdo a mi hermana, su ultima palabra, con el último aliento que le quedó, fue la siguiente: Joel.

Mi madre me avisaba acerca de su fallecimiento alrededor de las 9:00 AM, poco antes de empezar el curso que impartía ese día. Ya era algo que toda la familia sabía que ocurriría pronto y todos nos habíamos estado preparando emocionalmente para ese momento. Decidí seguir con el curso y tratar de terminar con éste a las 3 PM, como estaba programado. A éste asistían personas que venían de muy lejos, del interior de la República, incluyendo el nieto de una entrañable amiga de mi padre, a quien, tras invitarle a pasar a mi oficina, notifique de su fallecimiento. El telefoneó a su abuela, en Córdova, Veracruz, para comunicar la lamentable noticia.

Aunque mis alumnos me propusieron suspender el curso, para darme oportunidad de reunirme con mi familia en el hospital, les dije que yo quería continuar, porque mi forma de lidiar con el dolor y la tragedia siempre había sido trabajar y cumplir con los compromisos. Mi padre también lo hacía en vida y jamás falló a un solo compromiso laborar y sentí que lo correcto sería honrarlo del mismo modo.

Tras concluida la sesión de ese día, fui al hospital para acompañar a mi madre, hermana y cuñado, quienes esperaban mi llegada. Mi hermana y madre me recibieron abrazándome mientras lloraban. Mi cuñado, quien se había tranquilizado minutos antes, llevó a mi hermana y madre hacía un rincón del pasillo a fin de dejarme libre el paso hacia la única habitación del piso que permanecía abierta. Mi padre estaba ahí, sobre su cama, cubierto con una delgada sábana blanca que apenas dejaba distinguir algunos rasgos de la silueta de su cuerpo. Me acerque muy despacio hasta el marco de la puerta, pero no tuve valor para entrar a la habitación. Debido a la intensa agenda de trabajo y otras razones, solo había me había sido posible asistir una vez al hospital para verlo. Había sido dos meses antes, cuando aún estaba en el área de terapia intensiva. Esa fue la última vez que nos vimos cuando él estaba vivo. En esa ocasión estuve con él algunas horas, conversando con los médicos y enfermeras que le atendían. Antes irme, mi padre tomó mi mano y me dijo: «Joel, gracias por venir.» Nunca imaginé que esas serían las últimas palabras que escucharía de su boca. Ahora que lo veía yacer inmóvil y sin vida, lamenté mucho no haber podido tener la oportunidad de volver a verle después para despedirnos. Durante toda su convalecencia, mi madre me dijo que frecuentemente preguntaba por mi y no fue sino hasta ese momento que me di cuenta lo triste que debió haber sido para él no poder verme por última vez, durante sus últimas horas en este mundo.

El velorio lo llevaríamos a cabo esa noche. Unos minutos antes de disponerme a salir con mi madre y hermano, tristemente un amigo de mi padre, alguien que lo había tratado de localizar por años, como cruel coincidencia del destino, se comunicó ese día a nuestra casa. Con palabras entrecortadas le dije que mi padre había muerto esa mañana por complicaciones de salud. Irremediablemente se soltó en llanto y pude sentir todo el dolor que había al otro lado del teléfono. Tras indicarle donde sería el velorio, colgamos y me puse en camino.

Esa noche llovía copiosamente y había poco tránsito sobre la calzada de Tlalpan, al menos hasta la estación del metro portales, al lado de la cual estaba la funeraria. Al llegar, ya estaban presente algunos familiares. Todos llorando, inconsolables y alrededor de su ataúd. Conforme se fueron reuniendo el resto de los familiares y amigos, la escena no cambiaba. Extrañamente, yo no derrame una sola lágrima esa noche, ni los meses siguientes. Aunque sentía tristeza, principalmente por el dolor de mi madre. Quizá las diferencias y continuas discusiones que tuvimos meses antes, de algún modo, influyeron.

Días después, mientras yo, mis hermanos y mi madre, arreglábamos sus pertenencias, salían cada vez más objetos con significados diversos. La gran mayoría parecerían basura para cualquier otra persona, pues había las cosas que menos hubieran imaginado, desde bolígrafos sin tinta, hasta envolturas de dulces con frases y versos. Mi padre coleccionó una gran cantidad de objetos, que parecerían ordinarios y sin importancia para muchos, pero que yo identifique de inmediato: recados escritos por mi en servilletas y pedazos de papel, objetos que utilicé alguna vez cuando ejercía como médico veterinario, fotografías, e incluso la primera muestra en portaobjetos para microscopio que hice en mi vida. Mi padre jamás me dijo con palabras «Te quiero», pero me di cuenta todo el tiempo lo hizo, a su modo tan peculiar e inadvertido hasta entonces. Ni que decir de los objetos relacionados con mis hermanos, mi madre y los muchos amigos que tuvo a lo largo de su vida. Cartas, barajas conmemorativas, miles de diapositivas que documentaban toda una vida, relojes descompuestos, pipas y bolsa de tabaco (el no fumaba), postales, llaveros, encendedores Zippo, zapatos de bebe, escudos de las escuelas donde asistimos yo y mis hermanos, boletas de calificaciones, exámenes con 10 de calificación, etc.

Increíblemente estaba conociendo más a mi padre y dando cuenta cuanto significábamos, nosotros, su familia, para él, a través de las pertenencias que dejó y otros muchos objetos, que todo el tiempo que conviví a largo de, hasta entonces, más de 33 años. Me di cuenta lo complicado que debió haber sido para él poder expresar el amor y cariño que sentía por nosotros. Nunca encontró las palabras ni la forma de expresarlo y que pudiéramos darnos cuenta. Muy tarde, descubrí cuan orgulloso estuvo siempre de mi y mis hermanos. No fue, sino hasta un año después, que, una noche, tras conversar con mi madre, por fin me me ganaron las lágrimas que llevaban tanto tiempo esperando por salir. Pareciera que por fin caí en cuenta que mi padre se había ido.

Ayer domingo, 23 de Julio de 2006, se cumplieron tres años de su muerte. Hoy soy alguien que ha contribuido a hacer una diferencia en la comunidad del Software Libre y soy autor de uno de los mejores libros al español acerca de GNU/Linux, e imparto uno de los cursos más completos acerca de este sistema operativo. Si mi padre viviera, se que le habría dado gusto ver todo lo que se ha logrado desde su muerte, pues en mi siempre vio hechos todos aquellos sueños que por alguna razón no le fueron posible realizar o dejó incompletos. Se que mi padre, donde esté, estará en paz, orgulloso y contento. A mi padre le debo el haberme dado la vida y siempre le estaré agradecido por ello.

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  • Recordando a mi padre.
  • Escrito por:Edgar Felix sobre 28/03/2007, 20:16
Es una lectura difícil. Una anécdota bastante íntima que agradezco la compartas y en la que al menos me he identificado en varias cosas. Después de muchos años sé de un tiempo aca que quienes nos dieron la vida habitan en nosotros porque, finalmente, somos una parte de ellos. Somos su trasdendencia. Nos repetimos como seres humanos y esos son nuestros padres. El tiempo de ellos es el mismo que vivimos ahora. Recordarlos es entendernos, es saber cómo somos y qué somos. La pregunta más difícil es esa: ¿qué soy? y ahí creo que explicas en esta anécdota, una parte. Saludos.
Me uno al agradecimiento que expresa bakara por compartir esta parte de tu vida y de igual forma me siento identificado con algunos detalles de la misma, aunque afortunadamente yo aun cuento con mi padre es un comportamiento recurrente en nuestra cultura ese distanciamiento y falta de expresion de sentimientos.

Creo que he caido en la cuenta de esto a tiempo y dia a dia, a pesar de la distancia, hago lo posible por hacerle notar a mi padre que hay un lazo muy fuerte que nos mantiene unidos y que mi agradecimiento hacia él es infinito por todo lo que ha hecho por mi junto con mi madre, afortunadamente él muy a su manera hace el mismo intento.

Ahora quisiera que fuera tambien  extensivo a mis hermanos, los cuales, por sus edades y caracter heredado no han hecho aun un esfuerzo por lograr esta tarea.

Gracias por este momento de reflexion.
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La imaginacion es mas importante que el conocimiento. Julio Verne
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